Cuando pienso en los materiales que utilizo en sesión, no busco cosas especiales ni complicadas. No me interesa lo sofisticado ni lo espectacular, sino todo lo contrario: me interesan los materiales sencillos, esos que no llaman la atención por sí mismos y que no dicen cómo hay que usarlos.

Son materiales abiertos, de los que se pueden usar de muchas maneras distintas y que funcionan igual para una persona que empieza que para alguien con más experiencia. Lo que cambia no es el objeto, sino la propuesta, el juego y la forma de acercarse a él. Esta forma de acercarse al juego tiene mucho que ver con lo que comparto en el post juego solo para niños. El mismo material puede acompañar procesos muy distintos sin necesidad de ser sustituido por algo “mejor”.

Materiales con historia

Muchas veces, lo más interesante no está en una tienda, sino en el baúl de los recuerdos, ese lugar donde muchas madres guardan juegos de cuando sus hijos eran pequeños. En mi caso, los materiales no vienen solo de un sitio ni de una única etapa de mi vida.

Hay juegos de mis propios hijos, alguno nuevo al que no me he podido resistir, y otros que llegan con historia. Entre mis materiales hay de todo: cubiertos de plástico de colores, vasos de todos los tamaños, gomas, pompones… Cositas que un día están por casa y, de repente, otro día tus hijos te dicen muy convencidos que ya no las quieren o que ya no les sirven.

El otro día, por ejemplo, María me dijo muy seria: “Esto yo no lo uso”. Me enseñó un juego con pelotas de ping-pong, rosas y azules, que tenían que aterrizar dentro de una cajita con una apertura ridícula, prácticamente imposible de acertar. Yo miré el juego, lo volví a mirar… y me empecé a reír. De verdad. Ahora mismo lo escribo y me sigo riendo.

Pensé: ¿cuántas copas de vino debería beber para acertar esto?

Hoy lo he vivido en el Kindergarden, como los peques se inspiraban creando estructuras con cartones, cajitas, cintas, tapones, pegamento y cinta de pintor, estaban sumergidos en un mundo donde las fronteras creativas eran ilimitadas.

Y ahí está la gracia. Lo que para ellos ya no tiene ningún sentido, para mí a veces se convierte en un material perfecto. No porque el objeto sea especial, sino porque no impone, no exige, no promete nada. Son materiales sencillos, casi absurdos, ligeros, que invitan a jugar sin tomárselo demasiado en serio y a escuchar qué pasa cuando no hay manera humana de hacerlo “mal”.

Compartir y dar nueva vida

También hay materiales sencillos y especiales que pertenecieron a mi sobrino y que formaron parte de su día a día. Cuando supe que ya no se iban a utilizar, se me encendió una luz. Me hizo mucha ilusión pensar que mi proyecto podía darles una nueva vida, que otros niños pudieran disfrutarlos y que siguieran acompañando, aunque de otra manera.

Compartir es eso: dejar que lo que ha sido importante para uno siga haciendo bien a otros, sin apego y sin nostalgia, simplemente permitiendo que siga en movimiento.

Menos es más (de verdad)

En sesiones veo una y otra vez que no hace falta mucho para empezar. De hecho, cuanto más sencillo es el material, más espacio hay para escuchar. Por eso, para una primera vez trabajando con la visión intuitiva, suelo proponer algo muy simple: cartulinas de colores.

Nada más. No como un ejercicio cerrado ni como algo que haya que hacer bien, sino como una primera toma de contacto. Algo que no intimide, que no imponga y que no active la sensación de “tengo que acertar”.

Cartulinas, materiales sencillos para sesiones
cartulinas de diferentes colores

Una primera propuesta

La idea es ir despacio, sin agobiar, introduciendo los colores poco a poco. No se trata de verlos ni de analizarlos, ni de buscar significados. Se trata más bien de sentirlos, de escuchar el cuerpo y de observar qué información llega… o no llega.

A veces llega una sensación, otras una emoción y otras veces absolutamente nada. Y todo eso está bien. No hay respuestas correctas ni objetivos que cumplir, solo presencia, escucha y curiosidad. Y muchas veces, para empezar, eso ya es más que suficiente.